En los últimos años, las aulas universitarias han empezado a transformarse. Ya no son únicamente espacios donde se transmiten conocimientos, sino lugares donde se experimenta, se debate y se actúa. Un ejemplo revelador de esta evolución lo encontramos en el trabajo de Sandra Martorell y M. Rosario Sáez-Salvador, quienes han explorado cómo la performance puede convertirse en una herramienta poderosa para educar, sensibilizar y promover el cambio social desde dentro de la universidad.
Su propuesta parte de una idea sencilla pero profundamente transformadora: el arte no solo se enseña, también se vive. Y cuando esa vivencia se orienta hacia problemas sociales —en este caso, las violencias machistas— el efecto educativo va mucho más allá de la teoría.
Artivismo: cuando el arte sale a la calle para despertar conciencias
El artivismo, la fusión de arte y activismo, no es nuevo, pero sí ha tomado una fuerza renovada en la última década. En los 70, colectivos como Guerrilla Girl o acciones actuales como Un violador en tu camino de Las Tesis, han demostrado el impacto político y comunicativo de estas prácticas.
El trabajo analizado recoge esta tradición y la traslada al ámbito educativo: el alumnado no solo aprende qué es el feminismo o qué tipos de violencias existen, sino que las investiga, las representa y las combate a través del cuerpo y la expresión artística.

Foto: Pedro Llorente Alemany
Un proceso creativo que se convierte en aprendizaje transformador
A lo largo de varias semanas, el alumnado de la Escola d’Art i Superior de Disseny de València sigue un proceso que combina investigación, ideación, creación y acción pública. No se trata solo de crear una performance, sino de comprender colectivamente:
- qué violencias padecen las mujeres,
- cómo se reproducen culturalmente,
- y cómo el arte puede abrir espacios para denunciarlas y repensarlas.
La metodología —Investigación Basada en las Artes— convierte al aula en un laboratorio colectivo donde la teoría feminista, el diseño y la creatividad se encuentran.
El resultado: acciones artísticas en el espacio público durante el 25 de noviembre que interpelan a quien las observa, pero sobre todo impactan en quienes las realizan.
Cinco performances para abrir los ojos
Entre las acciones desarrolladas destacan:
• El Túnel de la violencia
Una instalación inmersiva donde el público atraviesa un pasillo repleto de mensajes machistas, para sentir en primera persona la incomodidad que viven las mujeres a diario.
• REDiseñándonos
Un mosaico fotográfico que compone un nuevo rostro femenino colectivo, acompañado de una performance tipo haka como celebración de la fuerza y resistencia de las mujeres.
• 1027
Una novia encerrada en una urna: cada prenda o escrito sobre su vestido nombra a una mujer asesinada ese año. El público lanza tierra sobre la urna, simbolizando el peso del discurso patriarcal.

Foto: Ana Ferrándiz
• Gólgota
Un viacrucis simbólico sobre la fachada de la escuela, donde cada estación representa una forma de violencia machista.
• Desnugant la violència
Una alumna rodeada por seis violencias personificadas; el público, invitado a “desanudar” esos lazos, simboliza la posibilidad colectiva de romper el ciclo.
Estas acciones no solo denuncian, sino que crean comunidad, generan reflexión y movilizan emocionalmente tanto a participantes como a espectadores.

Foto: Pedro Llorente Alemany
Impacto en el alumnado: más que una asignatura, una experiencia de vida
Los testimonios recogidos hablan por sí solos:
- El 100% del alumnado considera imprescindible esta formación para su futuro profesional.
- Más del 90% comprende el diseño como herramienta para la justicia social después del proyecto.
- Casi la mitad se involucró en proyectos de igualdad fuera del aula tras vivir estas experiencias.
- Para muchas y muchos, la performance significó empoderamiento, conciencia y acción:
“No estamos solas; tenemos un ejército de compañeras”, declaraba una estudiante.
Esto demuestra que estos proyectos no solo enseñan, sino que transforman.
Conclusión: educar también es movilizar
El trabajo de Martorell y Sáez-Salvador pone sobre la mesa una idea fundamental:
cuando la educación incorpora el cuerpo, el arte y la acción colectiva, el aprendizaje se convierte en una experiencia que trasciende el aula y se proyecta hacia la sociedad.
La performance, en este contexto, no es solo una práctica artística: es una herramienta pedagógica, política y emocional para:
- cuestionar discursos hegemónicos,
- denunciar las violencias machistas,
- fortalecer la empatía y la cooperación,
- y formar a jóvenes capaces de imaginar y construir mundos más justos.
Porque educar con arte es una forma poderosa de transformar la realidad.
Artículo completo disponible en: https://link.springer.com/chapter/10.1007/978-3-031-99090-8_11
Foto portada: Ana Ferrándiz
